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De Autores y de Obras

Por un espacio cultural común en el Caribe

Presentación del libro "Los jacobinos negros" en la Feria Internacional el Libro de Cuba. 2010

 

La aspiración de convertir al Caribe en un espacio cultural común es un viejo anhelo. Se ha visto restringida porque, además del aislamiento que nos imponen las corrientes del mar que nos acoge, hablamos lenguas diferentes. Nuestros pensamientos y sentimientos los  expresarnos en las lenguas que nos impusieron colonizadores y conquistadores; o en las lenguas de los que fueron traídos en condición de esclavizados y semi-esclavizados desde todos los confines del mundo; o, también, nos expresamos en las lenguas que resultaron de las mezclas de todas ellas. 

A pesar de todo, es imposible no sentir que la cultura del Caribe es única y diversa. Pero falta mucho por hacer para que podamos disfrutar de la tradición intelectual que hemos creado en medio de una feroz resistencia frente a los patrones culturales hegemónicos.

No obstante, para nuestra dicha hoy estamos dando un paso más en el camino hacia el disfrute y aprovechamiento de lo mejor de la producción intelectual escrita en inglés en nuestra región, para de este modo rendir tributo a uno de los más grandes intelectuales revolucionarios y al hecho histórico que marcó el comienzo del ciclo independentista en el Caribe.

Claro, cuando hace muchos años se acariciaba la idea de la publicación del libro que hoy presentamos, no podíamos imaginar que nuestra alegría pudiera verse empañada por la tragedia natural del 12 de enero en Haití. Por eso, este acto tiene la cualidad de ser un homenaje desde Cuba y Trinidad al heroico pueblo haitiano en medio de una nueva tragedia.

Puedo asegurarles que el disfrute que espera al lector de este libro es múltiple y peculiar. Será un placer comprobar la existencia de personalidades como la de C. R. L. James, un auténtico genio que logró quebrar los límites estrechos del rígido y elitista sistema educacional impuesto a las colonias británicas en el Caribe.  James fue crítico literario y periodista deportivo (sus dos grandes pasiones), escritor, activista socialista y antiimperialista, revolucionario, teórico y luchador marxista, agitador político, y, también, maestro y mentor de varias generaciones de caribeños, entre ellos del renombrado historiador y político Eric Williams.

Esa diversidad de facultades le permitió a James expresar una visión única del mundo y de la sociedad humana, desde la óptica de un hombre del Caribe. Por eso, no es casual la enormidad de elogios que han merecido su obra y su vida.

Podrán comprobar Uds. en la lectura de la introducción de este libro como la vida de James estuvo vinculada a las más grandes figuras de su época, desde Trosky hasta Stokely Carmichael; a las más importantes organizaciones políticas por la lucha de la autodeterminación de los pueblos, desde la Cuarta Internacional hasta el Buró Internacional de Servicio Africano, para trabajar por la independencia del continente africano; transitó por diferentes países, desde Inglaterra, pasando por una influyente etapa en la lucha de los negros y de los explotados en los Estados Unidos, hasta su colaboración con el gobierno de Eric Williams en su natal Trinidad.

Pero todo ese ciclo vital de aliento universal estuvo sustentado en la ideología y teoría marxistas. Sus juicios sobre la Historia y las personalidades históricas son ejemplares en su lucidez para hacer válidos los preceptos del marxismo-leninismo a las peculiares condiciones de las sociedades colonizadas y neo-colonizadas.

James publicó Los jacobinos negros, en 1938, cuando tenía 36 y llevaba 5 en Londres. Pero el año anterior había publicado nada más y nada menos que una extensa historia de la internacional comunista que tituló La revolución mundial, 1917-1936.

Por eso, cuando el Caribe sea un espacio cultural en el que podamos compartir el legado intelectual acumulado, de seguro erigiremos un monumento a James en honor, entre otros muchos méritos, a su contribución al marxismo-leninismo.

Y Uds. concordarán conmigo cuando lean Los jacobinos negros. Por eso, sólo me detendré en apuntar, al vuelo, los rasgos más sobresalientes de esta obra dedicada al examen de la Revolución Haitiana y de su líder. En ella se estudia el impacto de las fuerzas económicas sobre la sociedad y la política, la interconexión entre los movimientos de masas en la metrópoli y la colonia y la relación entre la personalidad y las fuerzas históricas objetivas. Es, además, el resultado de un estudio riguroso de la bibliografía disponible, expuesto en un estilo novelado que lo hace asequible a cualquier lector.

Reitero, como segura estoy que Uds. serán deslumbrados por las excelencias literarias y conceptuales de Los jacobinos negros, no hablaré más de la obra, pues quiero aprovechar esta ocasión para decir algo sobre el contexto en el que apareció este texto.

Pues, hay que explicar por qué un joven captado por el marxismo, proveniente del mundo colonial, radicado en Inglaterra, encuentra sentido a retomar un acontecimiento histórico ocurrido 138 años antes.

También hay que esclarecer si su obra tuvo o no conexión con el movimiento intelectual y político del periodo entre las dos guerras mundiales en el Caribe.

Merece la pena conocer por qué en el Londres de 1938 se produjo la publicación de dos obras que devendrían cimiento de la tradición intelectual nacionalista, autóctona de la región del Caribe; aunque sus autores ambos jóvenes nacidos en las colonias, abrazaban credos políticos e ideológicos diferentes, a pesar de lo cual contribuyeron a develar las esencias de la explotación en las sociedades caribeñas, en tiempos de una gran crisis global del capitalismo.

Como dijimos, James fue conquistado por el marxismo desde su llegada a la metrópoli. Arraigado en su militancia política, luchó por la incorporación a las concepciones marxistas, leninistas y trotskistas de su época, de la noción de que la historia de la revolución no era sólo la Historia de las revoluciones hechas por los europeos, que las figuras que habían influido e influían en el curso de la Historia no eran sólo las europeas. Si no que, además, el enfrentamiento al colonialismo y al racismo también eran formas de lucha válidas en el camino hacia el socialismo, tanto como las luchas en el seno de la peculiar estructura de clases de los territorios dependientes.

Si además de leer Los jacobinos negros Uds. se disponen a leer una conferencia de James, publicada por la revista Casa número 70, de 1968, bajo el título “Poder negro”, tendrán ocasión de comprobar como tres décadas después de la primera aparición de Los jacobinos negros, C. R. L. James continuaba haciendo un creativo análisis leninista sobre el papel de la personalidad en la Historia, igual que sobre el problema de la autodeterminación de los pueblos sometidos al colonialismo.

Porque Los jacobinos negros es, también, una teoría de la historia, especialmente de la de los pueblos subyugados. Desde su posición de participante activo en los acontecimientos más trascendentales de su época James refutó la muy difundida noción de que los individuos hacían la Historia. “Toussaint no hizo la Revolución. Fue la Revolución quien hizo a Toussaint”, afirmó. Eso mismo sostuvo acerca del papel de Stockley Carmichael en la lucha de los negros estadounidenses en la década de 1960. James demostró sobradamente dos asuntos capitales para una teoría acertada de la Historia: la Revolución es el fruto de una acumulación de siglos y, del mismo modo, resultado de la convergencia de fuerzas económicas, políticas y de la acción de los hombres ya sea como parte de la masa o como individuos. Por demás, era la primera vez que se revelada en sus más íntimos aspectos el nexo inextricable entre las revoluciones francesa y haitiana.

En esa ocasión declaró que había estudiado cuidadosamente a Lenin para escribir Los jacobinos negros y demostrar la necesidad de ampliar la perspectiva marxista, leninista y trotskista sobre la revolución social.

El otro autor al que nos referiremos para mostrar la conexión de Los jacobinos negros  con el movimiento intelectual caribeño de la época, es William Arthur Lewis, pionero de la teoría del desarrollo económico que le ganó el título de caballero británico en 1963 y el premio Nóbel de Economía en 1979. Este  era un joven oriundo de la isla de Santa Lucía que dio a conocer un memorando, dirigido a una comisión que investigaba las causas de la violenta insurrección popular que sacudió las colonias británicas en el Caribe,  entre 1934 y 1938. Esa comisión fue hermanastra de la que los Estados Unidos enviaron a Cuba en 1934 y cuyo informe conocemos como Problemas de la nueva Cuba. 

En su documento conocido como “La Revolución social de los años 30” o como “Trabajo en las Indias Occidentales: nacimiento del movimiento de los trabajadores” Lewis, activo integrante del movimiento político fabiano – una versión británica de  socialismo--, no sólo calificó la situación de revolución sino que proporcionó un detallado examen de que eran la pobreza y el desempleo crónicos las causas de esa revolución, así como que la ira de las masas populares había conducido a la organización de sindicatos y partidos políticos, contra la voluntad expresa del imperio.

En Cuba, la Revolución del 30, la que se fue a bolina, obligó a la derogación de la enmienda Platt, la devolución de la Isla de Pinos y propició la promulgación de la Constitución de 1940, bajo cuyo articulado fue asaltado el Moncada y quebrada la dominación neocolonial en Cuba a partir de 1959.

O sea, la ocurrencia de una revolución social en el Caribe, aunque frustrada, marcó la conciencia nacional del Caribe al igual que al curso de la sociedad en la región.

Además, es obligado mencionar, que Los jacobinos negros es la historia de una revolución y de un líder revolucionario, escrita en tiempos de revolución. Dice James en el prefacio a la primera edición que para el ojo bien entrenado de un luchador político, era máxima la posibilidad de aprender, calando en las esencias de revoluciones anteriores, así como que “la edad” de su libro era la marcada por “el retumbar de la artillería pesada de Franco, el tableteo de los pelotones de fusilamiento de Stalin y el fiero y estridente tumulto del movimiento revolucionario luchando por claridad e influencia”.

Por último, quiero resaltar que Los jacobinos negros son, además, parte consustancial de la revolución cultural con la que nació una auténtica cultura caribeña. El crecimiento y reafirmaron de la conciencia nacional en el Caribe no sólo se alimentó de batallas políticas.

Algún día haremos el recuento que nos permita comprobar, en todas sus significaciones, los vínculos raigales de una proyección cultural del Caribe que se afincó y gestó en los turbulentos años 30.

 

Sólo a manera de apretadísima síntesis diré que:

Si James recurrió a la revolución de Haití para crear un instrumento de lucha contra el colonialismo, el racismo y el imperialismo, y para inducir una perspectiva marxista inclusiva del mundo colonial, pues Los jacobinos negros fueron una posición frente a la confusión reinante entre las fuerzas marxistas del periodo de entre las guerras mundiales del siglo XX, tanto en Europa como en los Estados Unidos, acerca del carácter revolucionario y de la contribución a la lucha por el socialismo de los movimientos anticoloniales y antirracistas. Y nada más elocuente que la revolución haitiana para demostrarlo.

Si Alejo Carpentier, que había sufrido prisión por su participación en las jornadas revolucionarias de los años 30, cuando visitó Haití en 1943, se determinó a dedicar una trilogía de novelas a la Revolución de Haití y así nació El reino de este mundo y su teoría de lo real maravilloso que habla de una cultura diferente de la europea en un mundo singular; si por su parte, Nicolás Guillén, que en 1930 había dado vida a una concepción mestiza de lo cubano y, por extensión, de lo caribeño, cuatro años después, en su poemario West Indies Ltd. sentó las bases definitivas de su cosmovisión caribeña; si pintores como Carlos Enriquez y Wifredo Lam destilaron en sus cuadros el hálito de la energía creadora de Haití; si en 1934, un martiniqueño, Aimé Cesaire, utilizó por vez primera la palabra negritud para, junto a intelectuales africanos, iniciar un  intenso proceso de reivindicación de lo negro en la sociedad y cultura universales, cuya expresión literaria cuajó en su célebre Cuaderno del retorno al país natal, publicado en 1939; si otro trinitario, George Padmore realizaba, a partir de convicciones marxistas, desde la década de 1920 una intensa labor a favor del panafricanismo, que le ganó el título de padre de la emancipación africana; si en 1940, Fernando Ortiz dio a conocer, su cardinal concepto de transculturación en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, es imposible dejar de considerar que las obras de esos intelectuales y otros muchos más, todos nacidos con el siglo, eran el fruto de experiencias vitales compartidas, a pesar del mar que los separaba y las lenguas que les impedían estar al tanto del pensamiento de unos y otros. Ellos son reafirmación del carácter real y  maravilloso de nuestro mundo.

Habían transcurrido 167 años de la celebración de la ceremonia vudú que oficiara el esclavo jamaicano Boukman, en Bois-Caïman, con la que se decretó que la próspera y opulenta colonia francesa ardiera en las llamas de la libertad, cuando triunfó otra Revolución en el Caribe. Esta vez era Cuba y estaba llamada a marcar, con su titánica resistencia ante los enemigos, una nueva época histórica en el Caribe.

Por eso, la publicación de la segunda edición de Los jacobinos negros, en 1963, no fue ajena a ese suceso. Esta vez C. R. L. James se sintió estimulado a trazar los rasgos más sobresalientes del ciclo de la independencia caribeña, del ciclo histórico que enlaza al Caribe en un trazo que va de Toussaint L´Ouverture a Fidel Castro. Es un recorrido a través de los avatares de la Historia de la lucha por la independencia del Caribe. Es, como expresó el propio James, una exploración que rompía con la noción tradicional de ver lo acaecido en el Caribe desde la aproximación de lo acaecido en Gran Bretaña, España, Francia y los Estados Unidos, o sea, en su epílogo había trazado el curso de una historia “en relación con su propia historia”.

El hombre de 62 años, que había vivido intensamente las luchas por la emancipación de los pueblos, sentenció en esa recapitulación histórica, que aparece completo ahora por primera vez en español, que

La Revolución de Fidel Castro es tan del siglo XX como la de Toussaint lo fue del siglo XVIII. Pero a pesar de más de siglo y medio de distancia, ambas son caribeñas. Los pueblos que las hicieron, los problemas e intentos de resolverlos son peculiarmente caribeños; son el resultado de un origen y una historia singulares. La primera vez que los caribeños tomaron conciencia de sí mismos como pueblo fue con la Revolución Haitiana. Sea cual fuere su destino final, la Revolución Cubana marca la última etapa de una búsqueda caribeña de identidad nacional. En una serie dispersa de islas diferentes, el proceso consiste en una serie no coordinada de períodos en que siguió el curso de la corriente, marcados por brotes, saltos y catástrofes. Pero el movimiento inherente es claro y fuerte.

 

Graciela Chailloux Laffita

La Habana, febrero 20 de 2010

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