Home | 23 de Mayo de 2017 | La Habana, Cuba

Essay and Thought

Itinerario de la Imagen por las islas del mar Caribe

¿Y qué diremos del cine, magnificación

de la imagen en todos sus aspectos?

Alejo Carpentier

 

Un suceso peculiar ha ocurrido en las tierras dispersas del mar Caribe al inaugurarse el siglo xxi. Entre las islas de ese archipiélago se instalaron puentes de comunicación e intercambio, y cada una de ellas fue estación de acogida en el trayecto de una ruta cinematográfica, la «1ra. Muestra Itinerante de Cine del Caribe»,[1] un acontecimiento cultural de gran novedad en la región.

Los itinerarios engarzan territorios reales y simbólicos. En las diseminaciones de los archipiélagos, los itinerarios son trayectos de interconexión para quebrar el aislamiento de esos cuerpos flotantes –que son las islas– cada una sitiada por su mismidad. De puntos de partida y de llegada parecen estar hechas todas ellas con sus muchos bordes de aire y agua. Pero no siempre los mapas revelan las peculiaridades de una geografía cultural y pueden ser diversos los factores condicionantes de las distancias y las cercanías, más allá de las evidencias carto-gráficas. En ese entramado donde se arriman y separan los espacios en el arco sucesivo de islas –mayores y menores– del mar Caribe, se ha edificado una voluntad de aproximaciones que tiene raíces históricas, pero que se ha hecho más intensamente activa desde la segunda mitad del siglo xx hasta nuestros días. Una muestra circulante ha construido circuitos de enlace y de relación. Tiene, en los perfiles de su recorrido, una intención de asociar sin desconocer la compleja diversidad del ámbito Caribe y de buscar el diálogo y los acer-camientos en ese contexto plural. La primera muestra del cine caribeño inaugurada en 2007, se inscribe en esos fundamentos tan útiles y necesarios al diseño de una geografía –otra para los pueblos del mar Caribe.

La palabra balcanización ha frecuentado el léxico regional para denominar esa atomización de los territorios por las historias coloniales fragmentadas, las distintas lenguas y religiones impuestas, por solo indicar algunas de las mayores evidencias. Contradicciones intermetropo-litanas nacidas en Europa, abrían más las brechas de separación y tenían repercusiones –y consecuencias– en esta otra parte del mundo occidental donde los imperios y reinos habían emplazado sus estandartes. Romper el aislamiento en esta región, es en sí mismo un acto legitimador de una caribeñidad latente que ha adquirido expresión y sentido en los sujetos individuales y colectivos. En la multiplicidad de etnias, traídas y utilizadas como mano de obra para el uso productivo de nuestros territorios en el mercado internacional, bien conocido por su trian-gularidad, estaba el germen de las nuevas sociedades donde ha tenido lugar el proceso cultural de sistemática hibridez y fusiones humanas sorprendentes. En todas las expresiones artísticas el efecto ha sido la mezcla y la síntesis de esos diversos orígenes, combinados de modo diferente, lo que le aporta al Caribe su mayor riqueza cultural en la formación de «pueblos nuevos», como los llamara Darcy Riveiro, poseedores de una diversidad profundamente endógena, resultado de esa simbiosis impresionante.

Que un proyecto cultural se parezca al lugar donde surge y al público al que va dirigido, es una cualidad que puede distinguir, en una parte importante, su efectividad y su alcance en términos conceptuales y en las prácticas de su realización. Haber concebido esta muestra de forma itine-rante, es una contribución que hace de ella un acontecimiento irrepetible en cada territorio: un encuentro de islas en cada espacio insular. En ese transitar sobre el mapa antillano, este proyecto introduce una modalidad dinámica y participativa, multiplicadora, que se personaliza –sin embargo– en cada encuentro y con la manera propia de cada lugar, a la vez que forja una comunidad cultural de las cinematografías caribeñas, no solo desconocidas entre unos y otros de los países, sino también segregadas de los circuitos de distribución y de exhibición regional. La labor conjunta de las coordinaciones locales y del comité organizador internacional, ha construido una red de intereses comunes, de trabajo integrador, de formulación de criterios selectivos de la mues-tra y de la estructura misma de su presentación y promoción.

El cine ha logrado iniciar un proyecto de referencia, cuyos antecedentes pudieran buscarse en dos acontecimientos de gran importancia en la región: Carifesta, creado en 1972, que continúa hasta nuestros días convocado por CARICOM en sus recientes ediciones; y la Ruta del Esclavo, bajo el patrocinio de la UNESCO, también estructu-rada en un conjunto de comités locales integrados por personalidades e instituciones de reconocido prestigio. En ambos, como en la muestra cinematográfica, se ha logrado esa proyección regional, integradora e itinerante. Otras manifestaciones artísticas han realizado tentativas, pero con frágiles resultados. Sin embargo, especialmente los dos eventos mencionados han plasmado una trayectoria de engarces culturales en el área, y han puesto a las comunidades antillanas en función de encontrar caminos para el diálogo a través de la cultura. Una suerte acompaña al cine en esta experiencia, las nuevas tecnologías de la producción y los soportes digitales que actúan como facilitadores, por la reducción de los volúmenes y escalas, para la complicada tarea de construir un circuito en una región del mundo donde persisten tantas dificultades de conectividad, especialmente en sus medios de transporte. Cómo imaginar algo similar con los pesados rollos de 35 mm...

Pero por otra parte, y es lo esencial, se ha tratado con esta muestra de poner en valor una cinematografía creada desde un espacio no legitimado e identificado como subalterno, según el mapa cultural de los centros hegemónicos, trazado desde los tiempos de aquella otra era global, la de los universales modernos implantados por los dominios metropolitanos hace más de quinientos años y que –en nuevas circunstancias– adquiere matices de mayor complejidad con sus tendencias neoliberales contemporáneas. Promover un cine del Sur, cargado con signos de resistencia que nacen del propio entramado sociocultural caribeño, de sus realidades y avatares, de las dimensiones temporales de su pasado y presente, tan fundidos en los imaginarios que piensan –desde dentro– la complejidad regional, es un lanzamiento, una puesta en movimiento para dinamizar ideas y cambiar paradigmas instaurados por los sistemas del valor simbólico.

El viaje de esos imaginarios y su puesta en circulación por las islas del Caribe en soporte audiovisual, resulta una contrapartida liberadora ante el tráfico monopolizado de las grandes transnacionales de la producción cinematográfica. ¿Cómo lograr que una muestra itinerante pueda generar la estabilidad de un «itinerario» que presente la cinematografía caribeña entre nosotros y más allá de nosotros? ¿Cómo superar lo incidental del espectáculo cinematográfico para incentivar la producción, la calidad del producto y su circu-lación? Son los retos y los desafíos que surgen cuando se hace algo en países donde tanto hay por hacer. Cuando se revisan los documentos gestores del proyecto y el deber ser de su marcha en continuidad, aparecen las respuestas a estas preguntas y otros temas esenciales que hacen pensar que la muestra es solo el momento público y expositivo del proyecto. Se reflexiona en esos documentos sobre la formación especializada, la creación de un público para el audio-visual caribeño a través –también– de los medios televisivos, el aumento de la frecuencia de exhibición en programaciones de eventos y en salas de cine, la convocatoria a coloquios y debates sobre la producción regional.

Un detalle de la mayor importancia es la conciencia patrimonial del proyecto, al fundar la Cinemateca del Caribe como una alternativa a la dispersión y al olvido. Ese acopio de material sedimenta el proyecto y lo hace trascender en los fondos que aporta a la historia del audiovisual en la región. La construcción de un banco de datos, situar ese catálogo para servicio público, a través de impresiones y medios electrónicos, construir un sistema referencial para especialistas e interesados, será una contribución fundamental a la labor de difusión y preservación. Es el itinerario informativo y documental, por el que pueden construirse otros canales selectivos para el conocimiento, vías para la navegación por el ciberespacio, trazando rutas de comunicación y diseñando trayectorias de circulación digital.

Se recurre al fomento de una memoria como clave histórico-cultural. La muestra incluyó en sus programaciones el reconocimiento a autores y obras que distinguen momentos emblemáticos de una cinematografía que diseña su propia ruta a través del tiempo. En el compendio de esa sucesión se hallarán visiones del mundo totalmente inéditas, nacidas desde las Antillas en soporte audiovi-sual. En su primera edición, 30 filmes recorrieron 18 países insulares y se ofrecieron también presentaciones en varias, ciudades de Venezuela y de Estados Unidos, y de países de Europa. Un recorrido multilingüístico distingue otro mérito fundamental de la muestra, la labor de las traducciones al español, inglés, francés y algunos filmes al créole. Con ello, esta primera muestra cinematográfica revela la compleja dimensión cultural de los itinerarios cari-beños para que se parezcan al Caribe mismo y sean verdaderas alternativas de enlace ante la discontinuidad de los espacios insulares, tanto por las condicionantes de la historia como por los caprichosos dibujos de sus mapas.
Y es que los poderes de la imagen han sido impactantes en la construcción del Caribe a través del tiempo. En ese largo trayecto, muchas imágenes de observadores diversos hicieron de las islas el terreno propicio para la representación de enigmas, deseos y fantasías. El viaje resultó ser el acontecimiento para el contacto y como todos los observadores vinieron desde algún lugar, y fueron muchas las procedencias, la mirada ante lo desconocido se multiplicó y se hizo caleidoscópica. Sin embargo, no siempre esas imágenes corrieron la misma suerte ni alcanzaron idéntica visibilidad, pues la estratificación social implantada marginalizó y segregó. La tarea recuperativa adquiere entonces matices legitimado-res en el contexto insular.

Todo comenzó desde los viejos tiempos en que la navegación hizo del mar un camino de enlaces entre tierras cercanas o distantes. Antes de completarse el conocimiento de la esfericidad de la tierra, acontecimiento geográfico que marca un antes y un después en la historia del planeta, fueron apareciendo ante las canoas de los aruacos continentales, las cimas de una cordillera sumergida que describían un verdadero arco insular: las Antillas. Ese fue el trayecto simbólico de los verdaderos descubridores. Ellos recorrieron todas las islas y las nombraron, moviéndose de sur a norte. Sin embargo, fue con el viaje trasatlántico que el Caribe se hizo imagen en los textos y en los primeros documentos cartográficos, que la imprenta en Europa se encargaría de poner a circular. Así comenzó el itinerario de una relación texto-imagen para las islas del Caribe, que desde sus primeras versiones estuvo marcada por el signo de la alteridad, y de las miradas cruzadas. Se trataba de las primeras imágenes de América –entonces innombrada– que recorrían el mundo. La virginidad de su espacio fue lugar propicio para instalar allí el reino de las realidades y las utopías. Primero fue la letra, cuando Colón y los muchos cronistas impactaron a Europa con sus cartas y relatos de viaje en los que describían la existencia de ese nuevo lugar encontrado, donde hombres y mujeres desnudos como su madres los parieron –según palabras del Almirante–, coexistían con seres solo vistos en las páginas de los bestiarios medievales, figuras que pululaban por las selvas profundas, mares y ríos sorprendentes. Esos y otros relatos de viajeros, fueron narraciones fundadoras de imágenes. Un mundo visual se construía desde los textos genésicos. La solemnidad de lo escrito para las culturas letradas europeas y las historias de los aventureros contadas en «el barrio» o en días de feria al regresar de las Indias,[2] daban la máxima veracidad a todo lo narrado. «Yo estuve allí, lo cuento, lo vi.» Juglares y voyeurs, o viceversa.

Entonces el grabado, que presupone el dibujo, actuó como soporte del discurso, y más que transcriptor, fue portador en sí mismo de una imagen que se hacía referencia visual en las artes plásticas. Algunas de ellas aparecieron asociadas con los textos de los cronistas o provenían de otros anteriores, como ocurre en ciertos diseños que ilustran la Carta de Colón, cuyos grabados se atribuyen al propio Durero.[3] Los textos guiaron el creyón y la gubia de los artistas gráficos y despertaron también en ellos nuevas face-tas imaginativas entre lo textual y lo visual. Los dibujos de Jerónimo Benzoni y Theo-dor de Bry, por ejemplo, siguen las tendencias estilísticas de la tradición europea en su lenguaje plástico. La alteridad dominaba el panorama de las realizaciones y se sucedían versiones sobre versiones como referentes de una visua-lidad antillana.
Con el flujo plantador, los productos llegados desde las islas darían la segunda imagen paradisíaca del Caribe (la primera había sido creada por el propio Colón ante el pa-norama indescriptible de las nuevas tierras y los misterios que le resultaban indescifra-bles en ellas), mientras que posteriormente el espacio del barracón y las condiciones de vida impuestas a los esclavos, creaban la visión infernal de las plantaciones. Dos versiones confrontadas que se describen en simultaneidad en muchos relatos de peregrinos y especialmente en la aguda sensibilidad de algunas viajeras, como puede comprobarse en la excelente compilación realizada por la doctora Nara Araújo, publicada en la colección Nuestros Países, del fondo editorial Casa de las Américas.[4]

El tabaco, el ron y el café aportaron sabores y olores desconocidos en Europa. Fue este un momento más sensorial, donde decir Antillas era estimular el paladar y azuca-rarlo, mientras que las torturas a los esclavos polarizaban los textos y las imágenes. Paraíso e infierno se reunían en el Caribe como parcelas racializadas, reales y simbólicas. Textos e imágenes de esos tiempos han sido fuentes esenciales para la reconstrucción de escenarios y atmósferas cinematográficas. En sus amplísimas gamas de registros son un importante patrimonio documental para la labor contemporánea en el área del Caribe, al poner en evidencia un tipo de sociedad plantadora de la cual surgieron las insulares mezcladas con todas sus contradicciones de raza, género y clase, sus marginaciones y simbiosis, sus cimarronismos y resistencias. Todo comenzó allí. Otras disciplinas artísticas y científicas, la literatura y la historia, la sociología y las artes son nutrientes de la cinematografía caribeña contemporánea en su posibilidad de brindar no solo los diálogos interdisciplinarios que el cine requiere, sino también para remover las historias que ahora son llevadas a una nueva dimensión visual en la gran pantalla, contadas desde nosotros mismos. En ese sentido, este cine emergente es un proyecto reinvidicador del pensamiento, y de pensamiento caribeño debe nutrirse para enunciar las esencias más genuinas de su propia identidad.
Un momento decisivo lo aporta la movilidad poblacio-nal y las nuevas necesidades de mano de obra después de la abolición de la esclavitud. Entonces los desplazamientos se hacen más intensos y se agudizan las marginaciones de los africanos y sus descendientes. La llegada de chinos, hindúes y otros emigrantes de procedencias asiáticas hace cada vez más del Caribe un espacio encrucijada. Las imágenes fotográficas dan cuenta de ese proceso que tuvo efectos muy importantes en el entretejido de la cultura popular, las tradiciones y las complementaciones de cari-beñidad entre unas islas y otras.

En el siglo xx, la fotografía aporta una nueva dimensión al itinerario de la imagen caribeña. Las artes de la escritura, la música, la danza y la plástica se compenetran paulatinamente en la construcción de nuevos lenguajes. Se superponen las visiones y los intentos de penetrar de otra manera en la realidad insular y aparecen los nombres imprescindibles que en las diferentes lenguas y manifestaciones artísticas construyen un pensamiento caribeño. Los ámbitos para la invención y la creación que propician las islas, encontraron los caminos exploratorios para nuevos y diversos redes-cubrimientos. Contrariamente a las antiguas definiciones, las islas caribeñas no han sido para los artistas de la región ni espacios paradi-síacos ni evasivos. Es quizás en su carencia de virginalidad donde el artista encuentra su originalidad mayor. El tiempo las ha hecho social y culturalmente distintas, y es precisamente allí donde está el universo genuino de su expresión de identidad. La producción cinematográfica se insertó en ese mundo de referencias culturales, decisivas para los imaginarios insulares. Esto es de una enorme importancia para la transver-salidad que la realización cinematográfica requiere, pues los artistas contemporáneos sueñan las islas viviéndolas intensamente y confrontándolas con sus circunstancias. Algo común los envuelve: los misterios de la creación artística que renuevan la dimensión insular y la colocan en los ejes polémicos de estos tiempos. Quizás hoy nadie como los artistas del Caribe conserve la herencia de una profesión desaparecida: la de descubridor de islas, reales o imaginadas, pero islas al fin. Sus expediciones son una aventura de indagación crítica que renueva los espacios prodigiosos de la insularidad para otros relatos posibles en los inicios de este nuevo milenio.

El cine empezó a activarse en las islas con los desfases propios de las escalas de los territorios y de sus diversos niveles de desarrollo. En simultaneidad, la industria turística afloró como nueva forma de viabilidad económica en las Antillas, sometida al sistemático hecho del lente, el ojo y la mirada, de nosotros y de otros, al exotismo y a la alteridad de los que vienen y de los que están. Para el nuevo voyeur, captar imágenes es una manera de comprobar y de confirmar. Es el momento visual por excelencia en la construcción del imaginario de esos viajes en tiempos contemporáneos y con él, el de los tantos fetiches ratificadores de la ida y vuelta por los llamados multidestinos caribeños. En ese espacio constructor de las nuevas fábulas visuales de los placeres tropicales, la publicidad no ha actuado ingenuamente y en ella se concentra una buena parte de la imagen fotografiada de las islas, sus circuitos de cruceros y ofrecimientos de sol y playa… y a veces más. Póngase la palabra Caribe en un buscador de Internet y las evidencias aparecerán en la pantalla.
Entre unas y otras disyun-tivas, aflora la mirada del cine caribeño, para crear una puesta en valor cultural –con todas las artes que el cine integra– en el itinerario de la autenticidad cultural, y estimular, fomentar e intentar nuevas posibilidades para la creación, la circulación y la confrontación pública de sus obras. Se trata de una verdadera travesía al reencuentro de una observación-otra que pueda proyectarse para «asumir plenamente la virtualidad expresiva de la imagen visual»[5] del Caribe.

Es justamente en el contexto de una región tan diversa, que el cine caribeño asume la realización de un proyecto con países que no poseen una sólida base industrial, ni los centros de formación, y que han asumido la realización cinematográfica desde condiciones carentes de los apoyos necesarios, con las más diversas alternativas de producción y en momentos de una avalancha de nuevas tecnologías, entre ellas, la extensión de la televisión –no siempre puesta al servicio de los mejores intereses culturales–, y el monopolio difusor de los poderosos circuitos internacionales. Todo un desafío. Las experiencias del ICAIC, de la Escuela Internacional de Cine y Televisión, de San Antonio de los Baños, y del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, han podido ofrecer antecedentes a esta muestra de cine caribeño al iniciarse el siglo xxi. Sin embargo, solo de manera puntual, las cinematografías de otros países insulares antillanos han estado presentes en las programaciones del ICAIC y han tenido visibilidad en sus salas de proyección y en los medios televisivos que se ocupan del cine. Al asumir el ICAIC una responsabilidad importante en la 1ra. Muestra Itinerante de Cine del Caribe, no solo está poniendo su práctica al servicio de la cinematografía regional, sino que está creando una plataforma de intercambios que serán mutuamente enriquecedores. No siempre Cuba se sitúa ante su dimensión cultural caribeña, en su profunda interconexión antillana y su raigal insularidad. Este proyecto beneficiará al Caribe insular por su carácter y sentido, pero será de máxima utilidad para que Cuba amplíe su comprensión y su pertenencia a esa comunidad cultural, además de a la latinoamericana y la continental.

Este proyecto del cine se integra a los esfuerzos colectivos para reconocerse mutuamente por el cual surgieron también otros acontecimientos culturales de gran significación como las bienales del arte del Caribe y Centroamérica, en la República Dominicana; el Coloquio Internacional «La diversidad cultural en el Caribe», organizado por Casa de las Américas; el I Congreso de Escritores del Caribe, convocado por Guadalupe; y otros tantos momentos de igual o diferente magnitud que revelan la necesidad de continuar, entre nosotros, la aventura de buscar vías e itinerarios para los engarces culturales. Y hacerlo sin desconocer que en el arte […] felizmente, no existe el para siempre, ni lo permanente, ni mucho menos lo definitivo, solo existe lo eterno […] y mirado desde esa faz es rebelión constante, subversión pacífica y prodigiosa.[6]

El cine del Caribe hoy se inscribe en las múltiples dinámicas de sus sociedades contemporáneas y con esta primera muestra asume el riesgo de jugar sus cartas con el solo enunciado de su gentilicio, que sin dudas parece reducido y pequeño cuando se compara con lo «latinoamericano y caribeño», amplia denominación al uso en festivales y congresos. Creo que en ese sentido este proyecto es un reto importante que enriquecerá esa hermandad de todos en Nuestra América, dando realce y mayor personalidad a una de sus partes, creando un circuito de visibilidad expositiva para la producción cinematográfica de las islas antillanas que en nada suplantará, sino que podrá hacer más intenso y activo su cine en los espacios comunes continentales e internacionales. Así lo expresaban los cineastas en su declaración «La defensa del cine es la defensa de la identidad nacional», formulada en México en 1999:

Los cineastas de América Latina y el Caribe acuden al amanecer del nuevo milenio con la convicción de que sus cinematografías deben encontrar los espacios que merecen.»[7]

La 1ra. Muestra expuso un programa de obras de ficción, animados y documentales que desde su multifocalidad, revelaban al Caribe en sus historias y en su cotidianidad, a partir de obras ya realizadas por los cineastas de la región y sus diásporas. La muestra nació de un cine ya existente que pedía su mayor visibilidad y revelaba en su programa al Caribe insular en sus intensidades culturales, ambientales e identitarias, con obras penetrantes sobre la ritualidad de los sistemas de creencias, los camuflajes de la sexualidad y los tabúes de las marginaciones sociales, los pro-blemas ante las pandemias trasmisibles y los impactos climáticos, las incongruencias políticas y los grupos humanos desplazándose en migraciones incesantes. En fin, un cine que sin desconocer los problemas del lenguaje social, humanista y estético de estos tiempos, pertenece a un lugar del mundo. Este.

Ya la 2da. Muestra Itinerante de Cine del Caribe ha lanzado su convocatoria, dedicada a la infancia y la juventud. La travesía se reanuda y el itinerario de la imagen avanzará de isla en isla con un mensaje cultural y el gran deseo de que la comunidad se reconozca en la pantalla con sus vicisitudes y nuevos sueños.


[1] Proyecto del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y el Ministerio de Cultura de Jamaica, con el auspicio de la UNESCO.

[2] Véase, Alejo Carpentier, El camino de Santiago, edición crítica a cargo de Ana Cairo, La Habana, Arte y Literatura, 2002, pp. 108-111.

[3] Véase, Ricardo E. Alegría, Las primeras representaciones gráficas del indio americano. 1493-1523. San Juan, PR, Centro de Estudios avanzados de Puerto Rico y el Caribe, 1986, pp. 22-23.

[4] Véase, Viajeras al Caribe, selección, prólogo y notas de Nara Araújo, La Habana, Casa de las Américas, 1983.

[5] Augusto Roa Bastos, «El mundo de la imagen», en Nuevo Cine Latinoamericano, no. 6, invierno, 2006, p. 76.

[6] Manuel Antón, «Futuro para armar», en Nuevo Cine Latinoamericano, no. 1, diciembre, 2000, p. 17.

[7] «La defensa del cine es la defensa de la identidad nacional», Cine Cubano, no. 147, p. 24.

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